Quise embarcarme en esta aventura después de enamorarme de la psicología clínica haciendo prácticas de máster en un hospital público. Decidí de un día al otro que quería hacer el PIR, así que me apunté al curso de Agosto de la Academia Persever. Ese verano trabajaba en El Corte Inglés y me era imposible llegar al temario programado de la semana y mucho menos resumirlo. Además, en Septiembre me iba de viaje a Costa Rica ya que lo tenía planeado desde hacia muchos meses. “Iré a probar”, pensé. Esa fue la convocatoria del 2014, y quedé la 1109.

El segundo año decidí tomármelo en serio. Me apunté al curso de Marzo e hice un grupo de estudio y un horario de biblioteca. Al principio iba muy perdida pero las horas de estudio durante el año iban haciendo poso, así cada vez me veía mejor en clase, los simulacros me iban mejor. Ese podía ser mi año con un poco de suerte. Llegó el día del examen y mi parte emocional me jugó una mala pasada. El examen empezó por estadística y a las 10 preguntas di el examen por perdido. Hice todo lo que NO se tiene que hacer, probar cosas nuevas el día del examen, dudar de uno mismo, pensar que los demás lo están acertando todo… Me encallé durante mucho tiempo en preguntas que no había leído nunca y fallé preguntas básicas por falta de tiempo e inseguridad… creo que no habría acertado ni como me llamo. Ese año quedé la 527. Para mi fue una mala posición, por todo el esfuerzo dedicado y el autoboicot hizo que no me sintiera nada orgullosa.

Pero me repuse y decidí intentarlo un tercer año. Ese año empecé a dominar el terreno, me sabía el temario, en las clases participaba mucho, había ganado autocontrol. Pero había algo que me preocupaba y era volver a entrar en estado de pánico en el examen, así que ese año me dediqué a aprender a hacer simulacros. De nada sirve saberse el temario al dedillo si uno no sabe gestionar el examen. Y esto lo veía claramente en los simulacros, cuando los hacía de mi academia los resultados eran geniales, pero cuando empezaba a hacer exámenes de otra… todo caía en picado. El objetivo era aprender a dominar el examen fuera como fuese éste. Una compi del nuevo grupo de estudio me ayudó a tener un método para hacer los simulacros y a controlar los nervios cuando había preguntas que no había leído en mi vida (que las habrá, no lo dudéis). Ese año tenía la seguridad de que iba a ser mi año. Cuando empecé el examen, vi que la dificultad era mucho más alta que en los años anteriores, la gente suspiraba en la sala, se respiraban los nervios en el ambiente, pero puse en práctica todo lo que  había aprendido sobre gestión emocional durante el año. Y le gané la partida al pánico. Ese año quedé la 123. Y diréis, ¡Qué bien, eso es dentro!. Desgraciadamente la última plaza en entrar fue la 121 ese año y me quedé a dos plazas. No os voy a explicar aquí como fue la angustia de la espera, la rabia y la impotencia que sentí. Pero con 1 mes de vacaciones, mucho cariño de familia y amigos salí adelante y saqué las fuerzas para intentarlo, ahora sí, un último año.

Si volví a intentarlo un cuarto año, es por que me vi tan a las puertas que no podía no intentarlo una vez más… me quedé a dos plazas… la siguiente iba a ser la mía fijo. ¡Es imposible ir para atrás! Este fue el año que más me costó. Iba a rastras a la biblioteca, me aburría estudiar lo mismo, por suerte tuve compis en las que apoyarme, con las que reír y llorar, con las que pasar este trago. Decidí organizarme el año para irme de vacaciones 1 mes en septiembre. Era la única manera de coger fuerzas y poder hacer el sprint final jugándome todas las cartas. Llegué a dominar mucho el temario, me centré en mis puntos flojos, estadística por ejemplo, pero sentía que me lo sabía todo. Y el tiempo pasó muy deprisa y por suerte volvió a llegar el día del examen. Cuando iba llegando a la universidad estaba feliz, pensaba “esta es la última vez que pasas estos nervios, es la última vez que entras en esta sala, se acabó el PIR para mí!”. Ese año ya dominaba la situación. Salí muy contenta del examen, por que sabía que lo había dado todo de mí. Salí orgullosa, llorando de alegría por que todo aquello había terminado. Ese año el examen fue más fácil y la gente sacó muy buenas puntuaciones. Tanto es así que con 200 aciertos, 22 errores y 3 blancas me quedé la 259. Lo había intentado pero no había podido ser. Como me prometí a mi misma, no iban a haber más años. Tenía proyectos personales que no quería aplazar más, y me sentí aliviada. Empezaba una nueva vida para mí.

He querido escribir mi experiencia para que veáis que la gente que no entra también existe, por que al final la gente que entra es la que vemos más, en las fotos de las academias, en los artículos que publican de los que han quedado nº 1… Y la gente se siente mal, o por lo menos en mi caso, me sentía mal, con la autoestima baja, como si realmente uno no valiera para esto, como si algo hubiéramos hecho mal…

Ese no es el caso, si uno no se saca el PIR no es por que no valga, no es por que esto no esté hecho para ti. Es por que el sistema está mal montado, por que la diferencia entre la persona que está dentro y otra que ha quedado la 200 es NINGUNA, hay muy poquita diferencia que desde mi opinión no se diferencia por horas de estudio, sino por tan pequeñitas cosas que no se pueden ni acotar que no vale la pena pensar que uno no vale para estudiar el PIR. Si realmente es la ilusión de uno en la vida hacer psicología clínica que lo siga intentando, pero que tampoco se deje la vida en ello. Por eso es muy importante sopesar en que momento te encuentras de la vida, y ver cuales son tus prioridades.

Decidí dejar el PIR por que yo tengo un camino en mi vida personal del cual estoy muy ilusionada, me casé el año pasado y tengo la intención de tener hijos en un futuro próximo y desde mi punto de vista, esto es incompatible con el PIR. Pero ya no es solo eso por lo que quise dejarlo, sino por mi bienestar emocional, yo me veía incapaz de estar otro año estudiando algo que me crea tanta ansiedad, y la gente que ha estado estudiando el PIR durante 3 o 4 años entenderá de lo que hablo. Es sentir que no hay control sobre lo que uno hace. No es como en la carrera que uno estudia más o menos y obtiene una nota, sino que aquí es todo o nada. Incluso familiares me dicen, «y por qué no trabajas todo el año (trabajo de 40h que me permita vivir independiente) y luego te presentas»… pues por que como entiendo yo el PIR es todo o nada, uno no puede hacer el PIR a la mitad, por que entonces no lo saca, por que hay gente que estudia 10 horas al día mientras tú estás trabajando y haciendo otras cosas. Así que yo lo que tengo ganas es de encontrar un trabajo, de sentir otra vez esa ilusión por la psicología que yo había sentido años atrás y por lo que empecé a hacer el PIR realmente.

Dos semanas más tarde de escribir este texto encontré trabajo como Directora y Psicóloga de un Centro de Día para gente mayor y un mes más tarde me quedé embarazada. ¿Casualidad? No lo creo. Con esto os vengo a decir que sin ninguna duda HAY VIDA DESPUÉS DEL PIR. No tengáis miedo aquellos que lo decidáis dejar, es una decisión muy valiente. Como tan valiente es la de continuar. Al final y al cabo lo más valiente es escucharse a uno mismo.